En defensa del sentido común

En defensa del sentido común

El historiador futuro, al analizar nuestros últimos 50 años, se sorprenderá por la tiranía de las ideas, académicas y seudoacadémicas, sobre el sentido común. Educar niños no encierra ningún misterio, pues la humanidad lo ha venido haciendo desde hace milenios. Sin embargo en los últimos años, con cada cambio de gobierno, aparece un nuevo sistema educativo que viene para quedarse por ser mucho mejor que los anteriores y que no deja contento a nadie.

El triste resultado ha sido el descuido de los fundamentos tradicionales de la educación; no sólo letras y números, sino también disciplina, buenos modales, hablar con propiedad…, en favor de un currículo más creativo. Se habla de los “ni-nis” que ni estudian ni trabajan y mientras tanto no paran de aparecer casos de políticos y banqueros que han robado a manos llenas. Parece un problema sin solución en el que no nos queda otra alternativa que convivir con ello. ¿Cómo y por qué ha ocurrido esto?

¿Qué puede tener de misterioso educar a los niños? Todos hemos sido niños y sabemos cómo es la infancia. La humanidad ha criado niños desde siempre y no ha habido una mejoría notable, ni se percibe deterioro alguno en los adultos resultantes. Sólo cuando una sociedad de concede a los psicólogos la calidad de especialistas en la crianza de los niños el tema llega a convertirse en fuente de angustia y controversia.

Los niños necesitan amor y también necesitan límites, nacen sin ellos y tienen que aprenderlos. Ningún especialista nos puede dar la fórmula exacta y apropiada para determinado niño, en determinada familia. Todos conocemos, incluso sin haber leído nunca libros de puericultura, la diferencia entre padres amorosos y padres negligentes; entre los progenitores sensatos y los insensatos.  Tales distinciones, de sentido común, son suficientes en muchas ocasiones para tomar el camino correcto en la educación de nuestros hijos.

¿Son siempre buenos los consejos que nos dan los “especialistas”?

Si los padres empiezan a consultar a cada instante libros de psicología, su angustia e incertidumbre, con toda seguridad, provocarán lo mismo en sus hijos. Si una madre o un padre típicos necesitan la guía de los expertos para criar a un niño que no tenga problemas especiales, esto es señal inequívoca de que la cultura, globalmente, va a la deriva.

Podemos prolongar hasta el infinito el catálogo de errores en los que se ha permitido que las teorías de los especialistas prevalezcan sobre una realidad a todas luces opuestas. Damos píldoras anticonceptivas a las adolescentes, porque los especialistas nos han dicho que así disminuirán los embarazos en esas edades; pero los resultados dicen lo contrario.

Es un verdadero desorden; y es tan obvio que, al menos, queda la esperanza de que a fin de cuentas se imponga, aunque sea en pequeñas dosis, el sentido común.